La Ciudad

El doctor Pellegrini se divierte en carnaval

Ocho años atrás (1881) un censo había determinado: “Somos 1.800 habitantes y hay acá 200 casas de material, una barraca que exporta 5.000 fardos de lana y una aduana que recauda 60.000 pesos nacionales”. Pero también esos pobladores permanentes que parecen vivir en familia tienen sus problemas y se quejan: “La escasez de representantes del orden no ofrece garantias a los inmigrantes que vienen a fijar su destino en esta zona”. Es cierto. Un funcionario municipal y dos policías resulta muy poco respaldo para mantener el orden y de paso vigilar los comportamientos en esas fondas que del otro lado del arroyo bullen de parroquianos en los atardeceres.

Por acá también la gente se casa y se reproduce. Muere, por supuesto, aunque el clima no es del todo impiadoso y no hay enfermedades epidémicas. Una estadística afirma que hubo 972 matrimonios, 478 bautismos y solamente 195 defunciones. Lentamente, sin estridencias, el pueblo va creciendo y en 1889 se habilita la primera línea de tranvías. Tirados a caballo, por supuesto.

El caballero del traje blanco

Tarde calurosa de carnaval, esta de 1898. Un elegante caballero de fresco traje blanco y sombrero al tono es acosado por varias mujeres que lo mojan totalmente a baldazos de agua. El caballero, sin enfadarse y, al contrario, celebrando esa acometida con risotadas, se defiende valientemente. Todo es divertido y alegre. De pronto y de manera inesperada, aparece el comisario de policía montado en un airoso caballo. Avanza a los corcovos. Mira la escena con enojo incontenido, se larga del caballo y comienza a gritar: “¡Está prohibido jugar con agua!” “Ahora mismo van todos presos..!” Apenas termina de hablar cuando el caballero de traje blanco le zampa un baldazo de agua y lo moja desde el casco puntiagudo hasta los botines de cuero. La ocurrencia es festejada con algarabía por las mujeres. El caballero se da a conocer y, claro, después de identificarse, el ridiculizado policía vuelve a montar y al tranco lerdo, cabizbajo y avergonzado, se aleja del Bristol Hotel. ¿Sabés Martin quién era ese caballerazo tan divertido? El doctor Carlos Pellegrini, hombre importante en la política argentina y gran apasionado por Mar del Plata. Muy admirado por las mujeres de la aristocracia en las fiestas veraniegas.

También fue en un carnaval, los dos disfrazados en el Bristol Hotel, cuando el general Julio Argentino Roca le ofreció (a Pellegrini), la candidatura a la presidencia de la Nación. Ya el “balneario” parecía ser adecuado para cocinar candidaturas y trenzar cargos políticos. Para lo que te va a durar, ¿no?

En tanto, un inmigrante de oficio calificado ha venido a trabajar y no pierde tiempo. Se llama Agustín Tonetti y anda empedrando la calle N°1, que por ahora no tiene pretensiones de ser la Peatonal San Martin. Lo será muchos años después. Para entonces, el pueblo saladeril se ufanará de ser una gran ciudad que todos dicen “amar tanto o más como si hubieran nacido en ella”. Una parva apabullante de enamorados. Pero, claro, no siempre es por romanticismo, sino que en ese amor tan cacareado suele existir una gran porción de interés por bienes materiales que les posibilita los tan rendidores servicios turísticos.

De esa manera, Martín se justificará cuando el Polo Ponce rezongue que “Mar del Plata tiene muchos fiolos”. Tonetti sigue en la suya. Vino a civilizar y no se abusa. Cobra 40 centavos por la colocación del metro cuadrado de adoquines de piedra. También, aparte de la mano de obra, pone la piedra que trae en carros desde la cantera del Puerto.

Se juega mucho

El Concejo Deliberante, en sesión ordinaria, determina: “La bajada de la avenida ancha, de hoy en más, se llama Ernesto Tornquist”. Y esa avenida ancha, con el tiempo y a medida que se imponga la costumbre de figuras o próceres internacionales, se llamará Colón. ¿Y el pais está entero todavía, no le han vendido un pedazo de la Patagonia? No, por favor… Anda a los tumbos, pero anda. Igual que el excéntrico Dalmiro Varela Castex, que se da el gusto de importar un Mercedes Benz impulsado a caldera y en sus enloquecidas velocidades aterra a las vacas anticuadas.

Por su parte, el cómico Franz Brown se convierte en un personaje aclamado como “Pepino el 88” y los pobres que se hacinan en los conventillos porteños, por lo menos, de vez en cuando ríen.

Lo único que faltaba: ahora el país es un garito. En Palermo, en el Jockey Club y en los salones elegantes del Tigre se juega con desenfado. En Mar del Plata todavía hay cierta timidez y a nadie se le ocurre traer juegos novedosos de Las Vegas.


El destacado escritor y periodista marplatense Enrique David Borthiry escribió en la década del noventa la sección “Historia Viva de Mar del Plata”, en la que contaba con su particular visión hechos poco conocidos que se sucedieron a lo largo de los años. Más de tres décadas después, LA CAPITAL las rescata del archivo. Para leer y disfrutar.

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